Querer agradar a los demás es algo que la mayoría de nosotros buscamos en cierta medida. Realizamos acciones con el fin de dar satisfacción a otra u otras personas, ya sea a petición de estas o por iniciativa propia. Ejemplos de ello son: escuchar los problemas de otro, ayudarle en sus asuntos, tener en cuenta su punto de vista, estar disponible, etc. Actuar de esta manera con los demás nos hace sentirnos bien con nosotros mismos. Son conductas naturales y positivas puesto que somos seres sociales y necesitamos los unos de los otros.
Sin embargo, hay ciertas ocasiones en las que buscar agradar a los demás se convierte en negativo y perjudicial para nosotros, como cuando se busca agradar a los demás de forma extrema o en situaciones en las que no es justo para uno mismo.
Algunas situaciones en las que NO ES ADECUADO buscar agradar a los demás:
1. Cuando nos pasamos por alto a nosotros mismos y vulneramos de forma importante nuestros intereses.
2. Cuando las otras personas no actúan de forma similar con nosotros y, además, lo hacen intencionadamente.
En estos casos, tenemos que TENER EN CUENTA que:
1. No debemos vulnerar nuestros propios intereses si esto puede producirnos algún tipo de perjuicio. Es necesario que nos pongamos por delante del otro cuando sacrificar nuestra posición personal acarrea alguna consecuencia o inconveniente relevante a nuestra persona. Esto no significa no ser sensible a la posición del otro, sino defender de forma asertiva nuestros intereses.
2. Cuando hacemos algo por otra persona, aunque sea de forma desinteresada, es importante que exista reciprocidad. De lo contrario, se produce un desequilibrio interpersonal que puede dañar nuestra autoestima. Igual que realizamos acciones que pueden beneficiar a otra persona, merecemos que el otro actúe del mismo modo con nosotros. Si esto no se produce, debemos ser justos con nosotros mismos y reajustar nuestro comportamiento buscando un equilibrio.
Es imprescindible que seamos selectivos a la hora de agradar a los demás y que lo hagamos con sentido común. Dejar de agradar en estas dos circunstancias puede ser costoso ya que puede dar la impresión de que así dejamos de ser buenas personas. Pero esto es una gran equivocación. Debemos ser buenos con todo el mundo, también con nosotros mismos.

Amanda Barberá, psicóloga de Camins