niño afonico

La voz forma parte de nuestra carta de presentación. Además, para algunas personas es su herramienta de trabajo. Pensemos por un momento en profesiones como locutor de radio, presentador, profesor o conferenciante. Sería casi imposible que pudieran desarrollar su trabajo si les fallara la voz.

Todos conocemos a personas que con mucha frecuencia pierden la voz y hacen un gran esfuerzo para que los demás podamos escucharlos. Cuando la voz no funciona bien notamos ronquera, dolor de garganta, carraspeo o quemazón.

Muchas veces es la fatiga la que nos hace quedarnos sin voz después de un día largo en el que hemos tenido que hablar más de la cuenta y hoy en día con el uso de las mascarillas esa fatiga se multiplica. Pero otras veces, esto se produce sin haber utilizado la voz más que de costumbre. Cuando tenemos dificultades con la voz, el logopeda puede ayudarnos a recuperar su funcionalidad.

Podemos prevenir los problemas de voz siguiendo algunas pautas de higiene vocal:

  • Evitar gritar y hablar alto.
  • No permanecer demasiado tiempo en ambientes secos o con humo, ya que resecan la garganta.
  • Procurar no hablar mientras se está practicando deporte o cualquier actividad física.
  • Dormir suficientemente.
  • Beber mucha agua para mantenernos hidratados.
  • Respirar en la medida de lo posible por la nariz.
  • Descansar la voz y hablar lo menos posible en procesos catarrales o faringitis.
  • Controlar la alimentación, evitar las comidas picantes.
  • Evitar los caramelos ya que resecan la garganta.

Cuida tu voz, recuerda que es nuestra carta de presentación frente a los demás y les dará información sobre quienes somos y sobre cómo nos encontramos.

Neus Franch, logopeda de Camins

 

PSICOTERAPIA CASTELLON

Las emociones que experimentamos en nuestro día a día son útiles, nos permiten ajustarnos a las demandas de nuestro entorno, alcanzar nuestras metas, comunicarnos con los demás, etc. Sin embargo, las emociones pueden suponer una fuente de malestar en la medida en que no las gestionamos o manejamos adecuadamente.

Hoy os ofrecemos algunas de las estrategias que podemos poner en marcha  para influir sobre las emociones que tenemos, cuándo las tenemos y cómo las experimentamos y expresamos a través de cambios en nuestra forma de pensar y comportarnos.

Para influir sobre qué emociones experimentamos podemos alterar su desencadenante, por ejemplo, seleccionando la situación a la que nos enfrentamos, modificándola, dirigiendo nuestra atención sobre diferentes aspectos de la situación o modificando nuestras valoraciones sobre la misma. Por otro lado, una vez estamos experimentando un estado emocional, podemos influir sobre el tipo y/o magnitud de la experiencia interna, así como los diferentes modos en que podemos expresarla externamente.

ESTRATEGIAS DE REGULACIÓN EMOCIONAL:

Selección de la situación: Las situaciones a las que nos enfrentamos nos pueden producir emociones, por lo que podemos anticiparlo. Por un lado, podemos evitar aquellas situaciones que sabemos que pueden generarnos emociones desagradables (p.ej., coger una ruta diferente para ir a comprar con tal de evitar a un conocido que nos suele hacer bromas ofensivas a pesar de nuestras peticiones de que no lo haga). Por otro lado, podemos buscar o acercarnos a aquellas situaciones que creemos que nos van a producir emociones agradables o amortiguar las desagradables (p.ej., ir en busca de un amigo con quien poder desahogarnos tras una discusión con nuestra pareja).

Modificación de la situación: Ante situaciones sobrevenidas que nos producen una emoción desagradable, podemos adaptarnos y crear una situación alternativa que mejore esa emoción, centrándonos en el problema y buscando la mejor solución. Por ejemplo, que se pinche la rueda del coche cuando estamos de camino a una reunión importante, no es una situación que elijamos. Sin embargo, seguramente disponemos de alguna alternativa para solucionar o mejorar esa situación, como convertir la reunión en una comunicación vía telefónica.

Cambio del foco atencional: Cuando estamos en una situación que nos produce cierto malestar, podemos decidir centrar nuestra atención en otros aspectos que nos faciliten el afrontamiento de la misma. La distracción consiste en dirigir nuestra atención hacia aspectos de la situación que no sean emocionales, como cuando tarareamos una canción antes de entrar a una cita importante con nuestro jefe. La concentración, en cambio, es la habilidad para atender por completo a una tarea centrándonos en los aspectos positivos o neutros de una situación, como cuando decidimos leer una revista en la sala de espera mientras esperamos o llamamos a un amigo.

Cambio de pensamiento: El cambio de pensamientos supone buscar otros posibles significados para una situación que valoramos como importante y que nos genera malestar al no alcanzar nuestros objetivos. Por ejemplo, cuando experimentamos un fracaso con respecto a un objetivo, como que nos rechacen en una entrevista de trabajo, lo podemos reinterpretar como un éxito con respecto a otro objetivo (haber superado las fases previas compitiendo con otros aspirantes muy capacitados), o por lo menos, como un evento del que podemos aprender (esforzarnos nos ha llevado a superar fases de la entrevista, por lo que nos podemos preparar para futuras oportunidades y aprender de los errores).

Modulación de la experiencia y expresión emocional: Al sentir una emoción, resulta imprescindible reconocer aquello que estamos experimentando y comprender qué es lo que nos está señalando para poder actuar en concordancia con nuestros valores, metas y necesidades. Por ejemplo, ante una discusión con un amigo, enfadarnos nos permite reconocer una injusticia y defendernos ante la misma. Sin embargo, puede resultar necesario modular la activación fisiológica que nos genera la emoción antes de pasar a la acción para no actuar impulsivamente y que esto genere otros problemas (p.ej., utilizando alguna técnica de respiración o relajación). También podemos manejar la forma en la que expresamos de manera externa esta emoción, modulando nuestro comportamiento (p.ej., reduciendo el tono de voz, disminuyendo los movimientos corporales y los gestos).

Amanda Barberá, psicóloga de Camins

 

logopedia castellon

La felicidad, se puede entender como un proceso biológico. Esto nos ayuda a saber qué pasa en el cuerpo y en el cerebro y, con ello, buscar actitudes que pueden provocar esa misma respuesta satisfactoria.

Existen una serie de sustancias químicas que están presentes en nuestras neuronas y, que pueden desencadenar, una vez son segregadas, efectos placenteros en nuestro organismo. Estamos hablando de lo que se conoce como el Cuarteto de la Felicidad.

  • DOPAMINA. Se asocia con el bienestar y las sensaciones positivas de los logros. Es esencial para el proceso de la motivación, el optimismo, las ganas, el desafío de lo nuevo. Para potenciarla, debemos propiciar un descanso adecuado en los niños y niñas, asegurándonos de que duermen las horas adecuadas. Además podemos motivarles para hacer algo de ejercicio diario, como montar en bicicleta, patinar o dar un paseo. También es importante y beneficia su autoestima, celebrar sus esfuerzos y logros.
  • SEROTONINA. Actúa directamente sobre las emociones y es responsable de la sensación de bienestar, generando optimismo, buen humor y las habilidades sociales. Este neurotransmisor se activa cuando estamos disfrutando de cualquier actividad, las emociones se transforman en positivas y te vuelves mas sensitivo a lo que ocurre alrededor. Para estimular la serotonina en los cerebros de los niños y niñas podemos hacer excursiones a la naturaleza, recordar con ellos momentos que han sido agradables y placenteros, y practicar el agradecimiento, agradecer todo lo aprendido y disfrutado.
  • OXITOCINA. Es la hormona de la confianza y de los lazos que tienes con los demás, contribuyendo a la empatía. El compartir, el confiar, la entrega sincera, el abrazo, la intimidad con otros, son parte de lo que provoca esta hormona. Para que el cerebro de los niños y niñas produzca mas oxitocina, abrázalos y deja que abracen, medita y relájate con ellos, y enséñales a ser generosos.
  • ENDORFINAS. La sientes de inmediato cuando te enamoras, cuando haces ejercicio, cuando estas excitado y expectante por algo que te entusiasma, cuando comes algo muy sabroso, e incluso cuando sientes dolor (porque quieres salir de ese estado). Para estimular las endorfinas en niños y niñas ríe, baila, canta y corre con ellos, haz que practiquen sus hobbies y déjales que se den algún capricho dulce o salado (aunque no sea muy sano) de vez en cuando.

Ana Egea

Psicóloga Camins Castellón

depresion covid

La adolescencia implica muchos cambios a distintos niveles: físico, psicológico y emocional. Es un momento de crecimiento y evolución en la que se va desarrollando y definiendo la personalidad que tendrán los chic@s de adultos.

En esta etapa han de tomar decisiones importantes sobre su futuro cuando aun no son lo suficientemente maduros como para sentirse cómodos haciendo elecciones sobre ellos mismos. Han de elegir si querrán estudiar Bachiller o no, qué tipo de Bachiller en función de la carrera hacia la que se orienten…

Este tipo de decisiones importantes les generan mucho malestar, no saben lo que quieren y, aunque lo sepan, su opinión puede ser muy cambiante, lo que les puede generar angustia por no sentirse seguros del camino elegido.

A esto hemos de sumarle un mundo en pandemia, en la que se han cambiado las aulas llenas de alumnos por una pantalla de ordenador con clases virtuales desde su habitación, que la vida social se ha visto drásticamente reducida (y más en esta etapa de sus vidas donde relacionarse con sus iguales tiene más importancia que nunca), en el que no paran de llegar datos sobre cómo está afectando esta situación no solo a nivel sanitario (esto es evidente) sino también a nivel económico: negocios que cierran, elevadas tasas de desempleo, etc.

Este tipo de noticias generan desánimo en los adolescentes que se plantean cosas cómo “¿para qué voy a ir  la universidad si dicen que son los mejores años de tu vida, pero yo me los voy a pasar metido en mi habitación haciendo clases online y sin poder interactuar con mis compañeros?”, “¿para qué estudiar si cuando termine no voy a encontrar trabajo de nada?”, “no vale la pena el esfuerzo y más si no tengo claro lo que quiero hacer”.

En este momento, los padres juegan un papel importante. Hay que tratar de escucharles, dejarles que expresen libremente como se sienten, que no quitemos importancia a sus preocupaciones diciéndoles que las nuestras son más graves (“¿tú estás preocupado?, y yo ¿qué? Que tengo que pensar en pagar la hipoteca”). En cada etapa de la vida y, para cada persona, son importantes cosas diferentes, pero no quiere decir que no haya que ofrecerles comprensión y un espacio en el que poder decir lo que piensan, si quieren hacerlo, sin presionarles.

En ocasiones nos encontraremos con adolescentes confusos que buscan orientación, una guía, alguien que les diga qué camino es el más adecuado escoger. Pero hay que recordar que debemos fomentar su autonomía, lo que a su vez repercutirá en que desarrollen una sana autoestima. Debemos acompañarles en el proceso de toma de decisiones sin decidir por ellos. Han de empezar a asumir responsabilidad sobre sus elecciones personales. El papel de los padres en este caso es el de escuchar, aconsejar y apoyar en las decisiones tomadas por sus hijos, recordándoles que si cambiasen de opinión o descubrieran que ese camino no les hace felices, siempre se puede tomar otro camino distinto.

Acompaña a tu hijo en el camino de la vida, pero no lo recorras por él. De este modo le preparas para que sea capaz de seguir caminando él solo.

Eva del Río, psicóloga de Camins

logopedia castellon

Algunos padres nos preguntan si es normal que sus hijos tengan miedo a la oscuridad, a los ruidos, a las personas extrañas, a caerse y hacerse daño, etc. En la mayoría de los casos, la respuesta es que sí y, además, es completamente necesario.

El miedo es una reacción emocional que nos avisa de la presencia de una amenaza para nuestra integridad física o emocional. Es un sistema de seguridad muy útil que sirve para protegernos, por lo que cumple una función adaptativa para nuestra supervivencia.

Los niños pueden experimentar numerosos miedos a lo largo de su crecimiento. Aquello que temen va cambiando según la edad y su nivel de desarrollo madurativo, es decir, en función de sus capacidades motoras, cognitivas, emocionales y sociales. Esto es especialmente importante ya que les permite ser prudentes ante las nuevas situaciones que van descubriendo y a las que se tienen que enfrentar a medida que van creciendo. Por tanto, tiene sentido que aparezcan ciertos temores en determinadas edades.

Los miedos infantiles que aparecen en el curso del desarrollo se conocen como miedos evolutivos. Aparecen con mayor frecuencia en niños con edades similares, son de intensidad leve y remiten espontáneamente con el tiempo.

Podemos clasificar los miedos que aparecen con más frecuencia según la etapa madurativa:

Durante el primer año de vida: pérdida de la base de apoyo que les sostiene, caídas, ruidos fuertes, movimientos repentinos y objetos que surgen bruscamente, separación de los padres, personas extrañas o desconocidas.

De 2 a 5 años: ruidos fuertes, heridas y caídas, separación de los padres, personas extrañas o desconocidas, situaciones novedosas, animales, oscuridad, máscaras y personas disfrazadas.

De 6 a 8 años: lesiones corporales, separación de los padres, animales, oscuridad, seres sobrenaturales, fenómenos meteorológicos, estar solo, hacer el ridículo, escuela.

De 9 a 12 años: lesiones corporales, animales, fenómenos meteorológicos, aspecto físico, exámenes escolares, rechazo social, muerte.

De los 13 a los 18 años: lesiones corporales, animales, aspecto físico, rendimiento, rechazo social, muerte.

Por tanto, es común que los niños presenten diferentes tipos de miedos en diferentes edades que no tienen por qué ser objeto de atención clínica. No obstante, algunas señales nos pueden hacer sospechar de la presencia de un trastorno de ansiedad o de una fobia. Los miedos pueden requerir de tratamiento psicológico si persisten más allá de la edad habitual, producen un grado de temor elevado o desproporcionado, causan un intenso malestar y/o alteran el funcionamiento normal a nivel personal, familiar, escolar o social. En ese caso, sería conveniente realizar una consulta con profesionales.

 

Amanda Barberá, psicóloga de Camins.

déficit de atención

Los niños con diagnóstico de TDAH presentan mayor dificultad a la hora de organizarse y seguir una rutina, por eso, ahora que pasamos tanto tiempo en casa, puede aumentar el descontrol del tiempo y el desorden y como consecuencia, afectar al estudio.

Estas son algunas claves que les ayudarán a crear buenos hábitos en casa y también a la hora de estudiar.

  • Planificación. La planificación es esencial para los niños con TDAH porque les suele resultar difícil adaptarse a los cambios imprevistos. Saber qué actividades deben hacer les ayuda a mentalizarse y a organizarse. Para ello, pueden utilizar un tablón (puede ser útil una pequeña pizarra blanca) que guarden en su lugar de estudio en el que anoten las tareas a realizar durante el día, los horarios y las fechas de exámenes o entregas de trabajo.
  • Conviene establecer un horario para cada actividad: hora de levantarse, hora de comer, hora de estudiar, hora de irse a la cama… Esto también ayudará a crear un hábito y a anticipar las actividades y organizarse para hacerlas.
  • Para fomentar la concentración se debe crear un buen ambiente de estudio, libre de distracciones y únicamente con el material que se necesita para realizar la tarea.
  • Periodos cortos de estudio. Técnica pomodoro. Estar en casa aumenta la posibilidad de distraerse y más si se tiene un déficit de atención, por eso conviene fragmentar los tiempos de estudio en pequeños periodos. Para aprovechar mejor el tiempo y si se quiere ser más productivo, es muy útil la técnica del pomodoro. Consiste en hacer cuatro rondas en las que se estudia durante 25 minutos y se descansa 5, en los que se puede hacer lo que al niño le apetezca para despejar la mente. Al acabar las 4 rondas se hace un descanso más largo, que puede durar de 20 a 30 minutos.
  • Autoinstrucciones. Las autoinstrucciones son una técnica imprescindible para los niños con TDAH, ya que les ayuda a controlar la impulsividad y, por tanto, aumenta la eficacia con la que se hacen las tareas. Las personas que lo sufren, sobre todo los más pequeños, carecen del lenguaje interno que les permite guiar sus acciones y realizarlas de forma ordenada, así que se pueden emplear para realizar cualquier tipo de tarea que requiera diferentes pasos o en tareas largas, como estudiar, hacer los deberes u organizarse la lista de actividades para el día. Ahora que se pasa más tiempo en casa puede ser un buen momento para ayudarles a entrenarlas.
  • Combinar actividades más exigentes con otras menos exigentes les ayudará a mantener la motivación durante más tiempo y a no fatigarse tan rápido.
  • Programar actividades de recompensa y reconocer sus esfuerzos a lo largo del día también les ayudará a estar más motivados. Cumplirán mejor la rutina y los tiempos de estudio y reforzarán los buenos hábitos.

Paula Rodríguez

Psicología Camins Castellón